lunes, 31 de mayo de 2010

Piedad (editorial programa Radio Uritorkidas del 30/05/10)


La piedad, conocidísima estatua de Miguel Ángel, muestra a la Virgen María con Jesucristo luego de ser crucificado, es decir en el momento en que el hijo está desprotegido. El momento en que caemos. En que nos perdemos. Cuando los enemigos han dado el último golpe .

La madre sostiene, no abraza, no llora, está en actitud concentrada sosteniendo en brazos a un hombre caído, a un hombre muerto, a aquel que ya no puede levantarse.

Hay un poema muy bello de Cesar Vallejo:

Al fin de la batalla,

y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre

y le dijo: "¡No mueras, te amo tanto!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos repitiéronle:

"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,

clamando "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,

con un ruego común: "¡Quédate hermano!"

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra

le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;

incorpórese lentamente,

abrazó al primer hombre; echose a andar...

En este poema solo resucita el hombre cuando todos los hombres de la tierra le piden que lo haga y ese hombre reconoce al primer hombre que sintió piedad, el primer hombre que cuando no había nadie, ejerció un movimiento de amor hacia el muerto.

La caída al igual que la piedad es otro término que podríamos denominar cristiano, o mejor dicho figuras arquetípicas que están en el inconsciente colectivo y que el cristianismo supo interpretar.

Hay muchos tipos de caídas, podemos caer en el odio, en la crítica, en la maledicencia, en la falsa modestia, en la hipocresía, es decir la caída vista como hundirse en lo negativo.

También hay una caída positiva, que es la vuelta a la tierra de todo lo que se eleva. En la película “La Caída”, que habla de la caída de Hitler, su título resulta emblemático pues es la caída del mal, la caída de algo que no puede sostenerse por sí mismo porque en sí contiene el germen de algo equivocado.

También es la caída, la caída en el fango, la caída en algo que algunos ven sucio, y que las aristocracias siempre tratan de evitar.

Pero no hay que olvidar que del barro venimos y al barro vamos, que el hombre fue hecho con barro y que del barro surge la mejor flor.

Yo creo que lo más difícil es ser piadoso con uno mismo, sostenerse en la caída y entender que las caídas son para aprender. Generalmente nos criticamos y nos machacamos con el palo del perfeccionismo.

Por suerte está el tiempo, el que nos permite volver atrás aunque no se pueda en la acción, por lo menos en el pensamiento, para revisar qué hicimos y porqué. Entender que venimos a aprender, y que hay cosas que no sabemos, haciendo de nuestras equivocaciones un camino para el aprendizaje.

Ser piadosos implica entender el error y entender que todos los errores son parte del juego que venimos a realizar en este mundo, pero esa piedad solo será formal si no entendemos que es una forma energética que nos salva y no un deber moral.

Por piedad se restablece la paz, por piedad se perdona al padre y al amigo.

Por falsa piedad entramos en el juego de la especulación y arremetemos contra los que nos lastimaron el pasado como si fuera el presente , convirtiéndonos en un vengador o en un amargado.

Miénteme por piedad dice Joaquín Sabina a la mujer que no lo quiere.

Vamos a pedir piedad por esa gente careta y cobarde dice Pedro Aznar en el Blus de la piedad.

Sólo hay una piedad y es la que sintamos, no es piedad la que tiene crítica.

No hay piedad obligada. No es propiedad de ningún dios. Ni de ninguna religión. Es tal vez un sentimiento de lo más peculiar, poco transitado en esta época. Poco entendido en épocas anteriores. Pero en el juego del odio y de la desconfianza la piedad siempre gana la partida.


Pablo Solís


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