
Espejos: Antes de que el espejo existiera seguramente el hombre tenía la referencia de su estado exterior por lo que los demás le decían. Fue tal vez en un intento de corroborar y de asegurarse que la imagen que daba coincidía con la que él quería tener de sí mismo, que el hombre se acercó al agua y se miró para ver cuál era su aspecto exterior. Antes del espejo había que tener un estanque de agua. Antes del vidrio el agua era la que devolvía la información de nuestra imagen, tal vez deformada, pero nuestra imagen al fin. Interesante debe haber sido la búsqueda por encontrar el agua adecuada, aquella que nos devolviera sin movimientos deformantes. La fabricación de los espejos fue una consecuencia del entendimiento de aquel mecanismo .Un aparato consiguió ser el agua perfecta y reemplazó al charco, al lago, al estanque. Los brujos de Castaneda decían no utilizar espejos en sus casas porque creían que referenciaban y fortalecían la imagen de sí, y un brujo debía disolver aquello que lo ataba a esa referencia para poder volar al infinito. Disuelta la imagen que tenemos de nosotros mismos y sin que nadie pueda encajonarnos en un rol que viene como consecuencia de esto, era más fácil volar en esas alas, salir del atado conceptual que el grupo social ejerce sobre cualquier persona o conciencia. Lo millones de dólares que se gastan en reforzar, cambiar, modificar, adaptar la imagen de una persona o de una empresa habla de que el aspecto exterior parece ser importante en este siglo XXI. La imagen, no es solo así, desde el punto de vista del márquetin, un mudo reflejo en el espejo, sino, ya con las nuevas tecnologías inflándonos los cachetes, un grupo de acciones discursivas que van más allá de ese simple y antiguo reflejo. La televisión, la radio, los medios de comunicación parecen ser una multiplicación de la forma especular empecinados en fagocitar cualquier intento de estar exentos de ellos y en ellos. Dada así las cosas no es de extrañar que la gente busque fama, es decir, aparecer en ese caleidoscopio emblemático para sentirse reconocido. Tampoco es de extrañar que políticos y empresarios tengan un asesor de imagen y además que esa asesoría no contenga ningún código ético que encuadre ese discurso. Crearse una imagen y venderla es de alguna forma hacerse propaganda, algo que los regímenes autoritarios sabían utilizar muy bien aunque de forma menos sutil. Lo que más me preocupa a mí no es que la vida a veces gire en torno a lo que despertamos con nuestro reflejo en una sociedad determinada, sino que el valor de lo que somos pueda estar condicionado por eso. Antes me enojaba y me revelaba, intentaba dar "la peor imagen" para que los demás aprendieran y vieran que estaban apoyados en un concepto erróneo. Sin duda era esta una manera un poco soberbia de dirigirme al resto de la humanidad dividiéndola entre los que me aceptaban "tal cual era" y entre los que no. Pero quién soy y qué hago con lo que soy y qué respiro y soy cuando soy, es algo que va más allá de la imagen. Ni la que doy, ni la que creo que doy. Encuadrarme dentro de una imagen que guste o disguste es un aspecto no menor dadas las circunstancias sociales que nos toca vivir, pero no es el aspecto esencial. No reflejarnos en nada ni en nadie puede ser un ejercicio solitario, pero también un camino de trascendencia. Tiro el espejo por la ventana, apago las maquinas y los sonidos de alrededor. ¿Y ahora? No hay imagen que pueda abarcarme.
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