Cuando todo tira para abajo es mejor no estar atado a nada decía Charly García en una ya vieja canción que hablaba en realidad de los dinosaurios y fue escrita en y para el proceso.
Pero a veces todo tira para abajo.
Es un estilo, una forma de pensar que hace que no pongamos la atención en ampliar lo positivo, embellecer lo que puede ser embellecido, profesionalizar lo que está en forma amateur, precaria, chiquita, hecha a lo largo de los años.
Algunos le llaman idiosincrasia, otros mediocridad, otros mentalidad de pueblo chico, pero yo creo que es simple y llanamente el acostumbramiento a lo cómodo y a lo que está más a mano.
No creo que un pueblo o una ciudad por ser pequeña sea más o menos mediocre. Y decir mediocre es una palabra fuerte. Yo creo que es parte de un juego que empieza a establecerse de una manera y queda así.
Este juego de lo chiquito, precario, desatendido no es un juego que este planteado de entrada por el lugar en que vivimos o por la lejanía con las grandes ciudades. Es un juego que alguien empieza y los demás continúan llevados de la mano del menor esfuerzo.
Las señales de este estilo dinosaurio, por llamarlo de alguna forma y utilizar una metáfora de Charly, se ven en acciones concretas que a veces resultan grotescas. El comerciante le paga a los empleados muy poco sin ver ,que aparte de ser inmoral, eso repercute en su forma de atender a la clientela, pero a la hora de cobrar cobra como si fuera el mejor restaurante de una gran ciudad, los baños de los lugares a los que cientos de turistas llegan están rotos, sucios, en mal estado, cuando haces una obra de teatro la gacetilla que tenía que enviar el organismo público o privado que te contrató, llega tres días después de que hiciste el evento y mal redactada, no hay tachos de basura en las calles, los carteles están corroídos por el tiempo , para abrir una zanja destruyen 50 quebrachos, y así una larga lista de pequeñas calamidades.
A veces me pregunto si es una necesidad burguesa, algo que uno trae de la ciudad, esto de querer que las cosas funcionen como deberían. Querer que las cosas funcionen es siempre peligroso. Es decir, un pensamiento que pone la utilidad de las cosas por sobre las personas. Pero para expresarlo resumidamente, cuando muchos de los que nos rodean son chantas, verseros y desubicados no nos queda más remedio que pedir a gritos un poco de seriedad. Si no, corremos el riesgo de desvalorizar lo que hacemos y llevar todo al mismo lugar que el chanta propone: ese lugar donde da lo mismo una cosa u otra.
Hay que intentar descontagiarse y no escuchar las voces precarias de aquellos que intentan relegar lo importante a un estado secundario.
No da lo mismo que el sonido de esta radio salga bajo o alto, que las palabras escritas en la revista tengan o no tengan errores de ortografía , no da lo mismo que la torta o el pan tenga harina de 2da y lo cobres un dineral, no da lo mismo todo.
Lo que damos tendría que tener la energía justa de nuestra atención, porque en realidad lo que damos no es un pan, un programa de radio o una revista. Lo que damos es nuestra propia energía.
De quién es la culpa? No es siempre de los otros. Ni de la municipalidad, ni del gerente de planeamiento u obras publicas. La culpa o responsabilidad está repartida y el pensamiento es tal vez la fuente, que hace, que le otorga ,a cada quien su parte en el juego.
Ese pensamiento que nos organiza de manera apresurada cuando pasamos por alto los detalles, cuando hacemos igual lo que sabemos que podemos hacer mejor.
Creemos que cuanto más nos esforcemos en mejorar lo que hacemos menos ganamos, pero es al revés.
En eso tenemos una mentalidad chiquita, no vemos más allá del hoy. La vasija del alfarero, el pan del panadero, el escrito del escritor relatan, hablan, del ser del panadero, el ser del alfarero, el ser del escritor. Desatender lo que damos a los demás es desatendernos. Es decir ,que detrás de la mediocridad hay siempre un complejo de inferioridad, ya que cuando decimos que da lo mismo lo que le damos a los demás también nos decimos que merecemos lo mismo.
Salir de ese juego y no hacerle a los otros ese juego tal vez sea la mejor forma de empezar a respetarnos como personas y como comunidad.
Siempre existirán los pillos, los chantas, los que te venden una cosa por otra. La ley del karma tarde o temprano los agarra. Lo único que podemos hacer es decirles que no y seguir con nuestro empecinamiento en hacer las cosas bien , en mejorar cada día en nuestro trabajo y en nuestra profesión como si estuviéramos en el mejor de los lugares y en el más alto y en el más luminoso. Solo así insistiendo, tal vez podamos cambiar la idiosincrasia dinosáurica y dejar de tirar para bajo.

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