martes, 7 de abril de 2009

Editorial radio Uritôrkidas : Mentiras



Muchos aconsejan mentir. ¿Porqué? pregunto. Porque no se puede andar diciendo la verdad siempre. Mintiendo, diciendo las pequeñas y aparentemente inocentes mentiritas buscamos conseguir lo que necesitamos. Y es así que esas pequeñas mentiritas van generando un corpus que termina siendo una gran mentira, vivir en la mentira, estar en la mentira. Bueno, bueno, es una mentirita piadosa. Yo me niego a mentir y no digo que no mienta, ya que es muy fácil deslizarse por el tobogán de la mentira. Leí alguna vez que las mentiras nos envejecen. Es, creo, un mito, pero no sé si será tan mito. Por cada mentira dicha una arruga, un pliegue. Será cierto? Me agarre de ese mito para negarme a mentir. Que cuánto ganás por mes, que qué hiciste ayer a la noche que te vi por tal o cual lugar… Hay preguntas que no se hacen. Uno puede contestar: eso no te lo digo, es cosa mía. Pero ya esa contestación supone una pequeña enemistad. En realidad la pregunta tendría que suponer una pequeña enemistad, pero al preguntón y al indiscreto nadie lo juzga, porque se supone que según la conservación de las buenas formas y maneras difícilmente le contesten con un insulto.

La mentira surge siempre para conseguir algo, miento diciendo que el auto está en perfectas condiciones porque lo quiero vender y si le digo que tiene esas fallas que si tiene, seguramente no voy a encontrar compradores. Así las cosas la mentira sembrada genera desconfianza y un sexto sentido que vamos desarrollando para detectar a la mentira y a los mentirosos. La ley y los abogados deben haber surgido porque la mentira se institucionalizó. Seguro hay mucho de eso en la creación de los jueces y cuerpo legal que tiene que dirimir que fue cierto o que no en una situación.

Pero ya a Moisés se le había dado ese antiguo mandato: no mentiras ni levantaras falso testimonio. Parece un mandamiento menor comparado con los otros pero no sé si es tan menor en esta época.

Vos agrandá aconsejan, agrandá tus logros para que el otro crea que sos exitoso y de esta manera puedas conseguir lo que querés, y si no achicate, achica tus logros, victimizate, decí que no, que fue mala la temporada, que no pudiste porque se te enfermo un pariente, que no podes, que esto o lo otro y así conseguirás también lo que querés.

De alguna forma mentir significa fingir, y fingir siempre está relacionado con el arte de actuar.

Para mentir bien hay que refinar un arte que se puede ir cultivando a lo largo de los años. El arte de la mentira presupone gestos, actitudes y miradas que le hacen creer a otro lo que no es.

Pero aunque el actor mienta y también genere una serie de actitudes, gestos, miradas y estados internos y externos para ser lo que no es, su intención no es aprovecharse del otro ni de la situación sino todo lo contrario. El actor actúa para dar la ilusión de una realidad inexistente y en ella pensar y pensarnos, ver y vernos. El mentiroso solo busca sacar provecho de la situación o al menos demostrar algo que no es cierto y aunque más no sea para divertirse. Pero hay algo que se rompe en el vínculo con el otro y es la confianza. Rota la confianza en cualquier vínculo la continuidad de la relación se ve amenazada, a no ser que aceptemos a la mentira como una forma de código en la relación. A veces decidimos no ver la mentira del otro porque nos conviene o porque nos duele la verdad. No viendo la mentira hacemos el mismo juego del mentiroso. La sociedad entonces se embarca en un juego caleidoscópico de falsas apariencias y cuestiones que son y no son, dichas a medias, rebuscadas, fantaseadas, reinterpretadas de una forma no verídica.

Los medios de comunicación son un reflejo de este estado de cosas llevadas a lo público. No hay en los medios un código ético que impida decir mentiras. Antes no era así. En los primeros tiempos los medios de comunicación eran bastante serios, se comprometían con lo que informaban, trataban de no mentir. Eran los tiempos de la palabra empeñada, de la confianza en la palabra. Porque es sin duda la palabra la que promulga las verdades o mentiras y la que está en el eje de la cuestión de la verdad.

Callar no es mentir dice un dicho y un gesto vale más que 100 palabras, otro. Elegir lo que uno dice o no dice es un derecho que tendríamos que ejercer. Pero qué buena época en la que se podía confiar en el otro, no solo en la persona cercana sino en el verdulero, en el remisero, en el que te arreglaba la heladera. Cuándo fue que se rompió ese código y porqué, no lo sabemos. muchos dicen que fue a partir de que lo económico ocupó un lugar predominante y la sociedad se hizo cada vez más dependiente de factores externos y más compleja. Yo creo que es parte de una crisis de valores. También creo que hay muchos que intentan revertir este sino ya que para crecer como sociedad necesitamos confiar en el otro, saber que el otro me dice la verdad por más amarga que sea. Siempre me resultó detestable la actitud mentirosa del político ya que basa su carrera en la mentira, comunica mentiras y en ese juego de las mentiras genera el caos de la desconfianza social. Sería bello que los políticos nos digan a la cara que algunas cosas no pueden hacerlas porque no se lo permiten los intereses que tienen otros países sobre el nuestro o que tomaron una decisión porque le amenazaron la familia o que tal empresa puso plata y ,etc.etc. El día en que la política se apoye en la verdad seguramente la sociedad toda se hará cargo de sus mentiras. Mientras tanto hasta aquí llega esta editorial, espero no haber dicho alguna mentira, estaré atento. Trataré de no mentir aunque no me convenga. Aunque no esté de moda.

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